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No creo ni en la meritocracia ni en el gobierno de los mejores. No creo en la competición, sino en la colaboración.
Recordemos que “democracia” significa gobierno del pueblo. ¿Y quién es el pueblo? El pueblo somos todos. Lo más listos y los más tontos, los más altos y los más bajos, los más ricos y los más pobres, los que tienen la piel como la leche y los que tienen la piel como los bombones, y en medio un amalgama de colores que conforman la pluralidad. Esto es, el pueblo es pluralidad.
Y que haya un grupo que se haya otorgado la potestad de decidir quién merece o no ser representante del pueblo es una tergiversación de esta pluralidad del pueblo. Porque si hemos decidido que queremos democracia, no hay nada más que tener democracia. Y en una democracia real, el acceso del pueblo a la toma de decisiones no puede estar limitada en modo alguno.
Está claro que hay una corriente de pensamiento que llama a la democracia “dictadura de la mayoría”, que busca una especie de perfección en el gobierno que supuestamente sólo es alcanzada por una élite de los mejores. Sin embargo, chocamos con la irrealidad del concepto de perfección, de la quimera del no-error. Creo que ya podemos ser mayores y aceptar que somos humanos, que cometer errores es algo implícito a nosotros. Este concepto “los mejores”, de una falsa meritocracia, siempre ha favorecido a una cierta élite cerrada que han creado los baremos y se los han aplicado a ellos mismos. Qué casualidad.
Por otra parte, está esa manía de competir entre nosotros. Cuántos esfuerzos duplicados y malogrados, cuánta repetición de gente inventando la misma sopa de ajos. Competir es perder el tiempo si lo comparamos con el aprovechamiento de la colaboración. Dicen que cuatro ojos ven más que dos, y en política la competición por el mismo escaño hace que los políticos se preocupen más por los resultados electorales para mantenerse en el poder que por las necesidades reales de la gente que dicen representar; resultado: que ni dos ojos ven nada.
Por ello, abogar por una democracia directa es abogar por la colaboración de todos los ciudadanos; es abogar por un brainstorming de pensamientos que detecte qué puede ser mejor para la población en cada momento; es abogar por un sistema de detección de errores , pues si ninguna persona se siente excluida, puede expresar su opinión y apuntar errores que quizás otros no ven. Una ciudadanía en red es la mejor forma de equilibrar las necesidades individuales y colectivas.
Y así, todos aportando nuestros conocimientos y pareceres podríamos llegar a un punto que nos hiciera subir de nivel a toda la humanidad. Compartimos el mismo mundo, seamos como seamos, hayamos nacido donde hayamos nacido, hablemos como hablemos, todos respiramos el mismo aire, todos vamos igual de perdidos. Colaboremos y dejemos de lanzarnos piedras contra nuestros tejados. No es complicado, sólo debemos tener la voluntad de hacerlo. ¡Vamos!
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