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Capítulo 2
Hasta ahora no les había dado importancia a estos dolores de cabeza. No es que fueran extremadamente dolorosos, pero sí que me despertaban por la noche. Lo que me hizo sospechar es que duraban exactamente un minuto y trece segundos y aparecían cada día a la una y trece minutos de la madrugada. Claro, ese tipo de cosas en un principio las desconocía, pero al ir comprobándolas comencé a asustarme un poco. ¿Habría algún elemento extraño que me los producía? Pensé que era el móvil, pero mis dolores se repitieron incluso con el móvil apagado.
Cuánto más lo pensaba menos entendía nada. Así que fui al neurólogo. Y éste tras hacerme las pruebas pertinentes no encontró nada extraño. Incluso dormí un par de veces en su consulta con sensores colocados estratégicamente para controlar mis impulsos neuronales. Pero nada. El doctor comenzó incluso a dudar de que en realidad tuviera algún dolor y me sugirió un buen siquiatra. No pude evitar más que sentirme insultado.
Pero las molestias volvían con la precisión de un reloj Suizo. ¿Me estaba en realidad volviéndome loco como las personas que oyen voces? Yo no oía voces, sólo sentía un pequeño dolor al que ya casi me estaba acostumbrando.
En fin, que como no me afectaba realmente el desarrollo de mi vida normal, tampoco le di demasiadas vueltas. Quizás era cosa de la edad, de hacerse viejo. Podía convivir con ello.
Sin embargo, cuando me cambiaron de oficina y me otorgaron la número 113, me mosqueé un poco. Y cuando entré en la nueva oficina y vi que el reloj de la pared estaba parado justo a la una y trece minutos un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Confieso que me quedé inmóvil como un tonto y con mi mirada fija en el reloj. Mis nuevos compañeros se lo tomaron a broma. Parece ser que el reloj se había estropeado el día anterior y que los de mantenimiento todavía no lo habían reemplazado. Pero, ¿por qué se tenía que haber parado justo en ese instante?
Nunca había creído en la numerología pero el 113 comenzó a perseguirme. Tomé el convoy del metro número 113. El número del sorteo de la lotería que vendía el lotero de la esquina del edificio donde trabajo acababa en 113. La temperatura era de once grados y tres décimas celsius en el exterior…
Cuando por fin me atreví a comentárselo a mi novia, se lo tomó en broma, por supuesto. No le dije nada de que los condones que usamos aquél día tenían el once de marzo como fecha de caducidad.
Así que estaba solo ante el peligro. Esta anécdota superaba las estadísticas de la mera casualidad y me picó el gusanillo de la curiosidad. Bueno, de la curiosidad o de la supervivencia, porque los dolores continuaban.
No sabía por dónde empezar, por lo que gugleé el número 113 a ver qué pasaba. Pero los resultados no me esclarecieron gran cosa. Era incapaz de encontrar ninguna conexión. Estaba sumido en un misterio. Y la verdad, nunca se me habían dado bien las adivinanzas.
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Como cada martes, un capítulo nuevo del libro de ciencia-ficción que estoy escribiendo:El extraterrestre. Hoy Capítulo 2 http://goo.gl/BBQKE